Kindergarten 2

Cuando decidimos meter a nuestro hijo o nuestra hija a un jardín, es muy probable que este proceso genera sentimientos contrarios en nosotros como padres. Por un lado, estamos felices que ya van a entrar a una institución en la cual aprenderán más cosas, se relacionarán con otros niños, etc., pero por otro lado nos pueden venir dudas como: “¿Será que todavía está muy pequeño?”, “¿el jardín que escogimos será el correcto?”, “ojalá que no llore mucho”, “ojalá que no se siente abandonado”, “de pronto debería esperar un poco más”, “y qué pasa si los otros niños lo muerden, o no sean amables las profesoras?”; incluso, nos podemos llegar a sentirnos culpables porque nos “deshacemos” de nuestros hijos. Es completamente normal que nos sentimos un poco incómodos en esta situación, ya que se trata de una transición importante en la vida tanto de los niños como también de los padres. Muchas veces se trata de la primera vez que dejamos a nuestros hijos en manos de otros, que por un tiempo “perdemos el control” y nos toca confiar en que las personas encargadas encontrarán la manera de hacer sentir bien a nuestro hijo. A esto se suma, que para los niños también se trata de un momento importante en su vida, un momento de separación, que normalmente genera miedo y angustia en ellos, de tal forma que nosotros como padres no tenemos que manejar solo nuestras preocupaciones y dudas, sino también el miedo y la angustia de nuestros hijos.

A continuación, quiero dar algunas recomendaciones cómo hacer de este momento de angustia un momento de oportunidad de crecimiento, tanto en cuanto al desarrollo de nuestros hijos como también en cuanto al vínculo que tenemos con ellos.

La dualidad de conexión y separación en la vida de un niño

Los primeros años de vida de un niño están determinadas por la dualidad entre conexión y separación. La conexión es el fundamento de la vida, el comienzo y la base de todo; la vida nace de una conexión, se forma en la conexión con el cuerpo materno y se sigue alimentando a través de la conexión con los demás y con el entorno. Pero, además de vivir en conexión, el ser humano también es un individuo; quiere decir que es un ser separado de los demás. Nuestra individualidad nos da libertad, nos da la opción de ser, pensar, elegir y actuar diferente a los demás. Podemos pensar la vida humana como un árbol que nace de la tierra, que luego genera raíces para no caerse y más adelante crece para arriba, alejándose de su primera conexión con la tierra. Sin embargo, es la inicial conexión con la tierra la que le da estabilidad para poder crecer. El crecimiento del árbol, igual como el crecimiento del ser humano, comienza con la conexión y con la creación de raíces fuertes; y son estas raíces fuertes que luego permiten poco a poco la separación.

Transmitiendo esta imagen a la realidad humana, se evidencia que tanto la conexión como la separación forman la base del crecimiento del niño. El niño necesita separarse para desarrollarse y, al mismo tiempo, necesita la conexión para lograr una separación sana.

La ansiedad de separación como causa de la angustia de los niños

Para poder aprovechar la transición al jardín como una oportunidad de crecimiento y afianzamiento de vínculo, es necesario comprender que la angustia del niño al separarse de sus padres, la llamada ansiedad de separación, es normal y tiene una función muy importante desde la evolución. El hecho de que los bebés se comienzan a preocupar por la ausencia de sus padres a partir del cuarto mes de vida (aproximadamente), está relacionada con su total dependencia de los adultos. El bebé instintivamente “sabe” que no puede sobrevivir sin la ayuda de un adulto y por este motivo, se angustia durante su ausencia.

Esta angustia o ansiedad temprana se vuelve aún más fuerte entre el mes 8 y 12 de vida del bebé; el aumento de independencia que el bebé va generando en estos meses, lleva a que empieza a explorar el mundo alrededor de él. Sin embargo, la exploración implica alejarse por momentos de sus padres para poder conocer nuevas cosas; en otras palabras, significa alejarse de lo conocido y seguro, para entrar en una zona de inseguridad. Se trata de un proceso, durante el cual el bebé debe aprender poco a poco que el mundo fuera de sus padres es un mundo amigable y que vale la pena explorarlo. Para ello, es fundamental que el bebé puede confiar en sus padres, teniendo la seguridad que estos responden de manera adecuada frente sus necesidades físicas y emocionales. Erik Erikson define esta seguridad como determinante para un desarrollo infantil sano y la llama “Confianza Básica” (1). En este sentido, el miedo frente la separación es uno de los miedos evolutivo y hace parte del desarrollo infantil (para conocer más sobre los miedos evolutivos por favor lee mi artículo El miedo infantil y cómo acompañarlo).

¿Cómo ayudarles a nuestros hijos a que logren una separación sana?

Pero, ¿cómo logra un bebé o un niño pequeño sentirse seguro en un lugar desconocido? En los primeros años de vida somos nosotros los que les transmitimos seguridad o inseguridad. El bebé por no tener todavía criterio de lo que es seguro y lo que no lo es, confía plenamente en el criterio de su madre o padre. En este sentido, el bebé se siente seguro cuando percibe que sus padres se sientan seguros, y, por el contrario, se sienten inseguros cuando percibe que sus padres lo están. Por ende, la primera recomendación para lograr una transición feliz es, que, como padres, nos debemos sentir seguros y tranquilos en el momento de dejar al niño en el jardín. Para esto es necesario, que elegimos con cuidado un lugar adecuado y el momento correcto para realizar la transición (para conocer más sobre criterios de selección de un jardín infantil, puedes leer mi artículo Consejos y criterios para seleccionar un Jardín Infantil para tu hijo o hija).

En cuanto al momento correcto, se recomienda evitar la transición durante el pico de la ansiedad de separación, entre los 8 y 12 meses de vida. Además, es importante que la transición al jardín no se junta con otro evento importante de la vida del niño que puede representar una carga emocional para él o ella: la reincorporación al trabajo de la madre, la llegada de un hermanito o una mudanza, por ejemplo.

Sin embargo, lo más importante en el momento de transición es nuestro acompañamiento amoroso y comprensivo, evitando de esforzar la separación de manera brusca. Si el niño aprende a superar sus inseguridades de forma efectiva o no, depende de nosotros y de nuestra forma de responder ante estas. En este sentido, es fundamental reconocer y validar todas sus expresiones emocionales. Podemos aprovechar este momento de mucha emocionalidad para apoyar la expresión y regulación emocional de nuestro hijo, ayudándole a expresar lo que siente y ofreciéndole nuestra comprensión. Si el niño todavía no habla, podemos verbalizar sus emociones nosotros mismos, para que se sienta comprendido y apoyado. Podemos decirle: “Mi Amor, yo sé que sientes angustia y miedo frente esta nueva experiencia y te entiendo. Pero no te preocupes, yo siempre voy a volver por ti y estoy segura que mientras tanto disfrutarás las actividades del jardín.” Es importante, que nunca prohibimos o despreciamos las emociones expresadas con frases como: “no te comportas como un bebé”, “no llores que te ves fea”, “debes ser un niño grande y fuerte”.

Si logramos acompañar a nuestros hijos de forma adecuada en el momento de transición, ellos lograrán vencer sus miedos para descubrir que el jardín es un lugar divertido y seguro. Esto generará en ellos el sentimiento de que el mundo es un lugar amigable, de que son capaces de conquistarlo y que vale la pena a veces enfrentar nuestros miedos para conocer nuevas personas y nuevos ambientes, los cuales más adelante resultarán ser enriquecedoras y divertidas.

¿Por qué es tan importante un acompañamiento idóneo por parte de los padres y de las profesoras?

Para un bebé o un niño pequeño la transición al jardín es un momento de mucho estrés y angustia. No obstante, los miedos y el estrés hacen parte de la vida, tanto adulta como infantil, y no siempre se trata de evitarlos completamente. Pero, como padres debemos saber cuánto estrés es sano y a partir de cuál momento se vuelve un estrés que puede perjudicar al niño. Esto puede pasar cuando el niño siente estrés por un periodo más largo y no logra calmarse. Cuando los seres humanos sentimos estrés se nos aumenta el nivel de la hormona cortisol. Esta hormona nos hace más alerta frente a posibles peligros, agudiza nuestros sentidos y nos quita el sueño. Para un tiempo corto esta reacción hormonal nos trae muchos beneficios en cuanto al enfrentamiento de situaciones difíciles; sin embargo, si esta hormona se encuentra elevada por mucho tiempo, nos puede enfermar, y más cuando se trata de un niño pequeño. El estrés, por ejemplo, trae implicaciones negativas sobre nuestro sistema inmunológico, explicando la alta disposición a enfermedades en niños que acaban de entrar a un jardín; por un lado, se encuentran con otros niños que pueden traer virus, y, por otro lado, se les bajan las defensas por la situación de estrés que están viviendo.

En este sentido, distingo entre dos formas de estrés en el momento de la transición: el estrés momentáneo y el estrés alargado. El primero se relaciona con el momento de separarse de los padres o de la persona de cuidado. El niño se pone a llorar al momento de entrar, podemos decir que es un llanto de despedida, y aunque puede ser muy fuerte no perdura en el tiempo. Cuando el niño entra al salón y empieza con su rutina, se tranquiliza y disfruta las actividades. En esta situación, el nivel de cortisol aumenta al momento de la separación, pero baja nuevamente después de este momento. La segunda forma de estrés se produce a partir de un malestar que siente el niño durante toda la jornada. El llanto no se presenta únicamente al momento de la despedida, sino que perdura por varias horas. En esta situación, el llanto no representa la tristeza de despedirse, sino que representa un miedo ante la situación de estar en el jardín. El nivel de cortisol no baja a un nivel normal y puede perjudicar al desarrollo del niño. Por consecuencia, es recomendable evitar que el niño se queda llorando por un tiempo largo.

Podemos concluir, que el estrés que sienten los niños al entrar a un jardín es un estrés normal; sin embargo, es necesario manejar la situación de una manera que evita un estrés alargado. Esto podemos lograr con un acompañamiento amoroso y comprensivo, enseñándoles formas de manejo y superación de sus angustias; un niño con miedo necesita de un adulto que lo sostenga y que lo guíe de manera amorosa, para poder aprender a afrontar la situación y volver a sentirse seguro.

A continuación, Susana de la Ossa (Fundadora y Directora del Jardín My Place en Barranquilla, Licenciada en Pedagogía Infantil. Esp. En Gerencia de Instituciones Educativas) nos dará algunas recomendaciones más en cuanto al proceso de adaptación. Además, nos explicará los errores que, como padres, podemos cometer durante este mismo proceso.

Luise Zinke: Susana, tu que has visto muchos procesos de adaptación, ¿qué recomiendas para el proceso de adaptación? ¿Cómo podemos ayudar a nuestro hijo o hija vivir una adaptación feliz?

Susana de la Ossa: Mi primera recomendación se centra en hacer un buen proceso de selección del jardín. Este es el primer factor, y el más importante, porque de él depende el éxito de la vida escolar de nuestros niños; que sea un jardín que en la parte formativa y en la parte afectiva sea el lugar que están buscando, que sienten confianza cuando dejan sus hijos allá; que cumpla con la formación que desean y también se ajusta a su presupuesto. Esto, en consecuencia, llevará a que papa y mamá estén seguros que este es el lugar idóneo para sus hijos y se sientan tranquilos de dejarlo allá. Aquí tenemos el segundo aspecto fundamental para una transición feliz: la tranquilidad de los padres. Todos sabemos que es un momento de miedo, de ansiedad y de preocupación, que nos puede doler, y, es importante, que como adultos nos concienticemos para que nosotros emocionalmente estemos muy bien. Si nos sentimos tranquilos, los niños harán el proceso de adaptación con la misma tranquilidad. Recordemos que los padres transmitimos todos los sentimientos que tenemos. a nuestros hijos, en especial la mamá. Y la tercera recomendación es, que estén en contacto con su hijo o hija, hablarles mucho. Así sean pequeños, la comunicación es importante; todos los días preguntarles sobre su día en el jardín: ¿cómo te sientes’, ¿qué hiciste’, ¿qué fue lo que más te gustó hoy’, ¿hay cosas que no te gusten’, etc. Así siente el acompañamiento nuestro y siente que su jornada en el jardín tiene importancia. También, como padres, deben empezar a hablar desde antes sobre el proceso que realizarán pronto; pueden buscar un cuento que trata de este proceso y leerlo con él o ella, pueden llevarlo antes para que conozca el lugar y las personas, etc. Es fundamental, no dejar al niño o a la niña de repente en el jardín, sino anticiparse y prepararlos, para que cuando llega el momento los niños ya saben lo que les espera.

Luise Zinke: ¿Cuáles son los errores más frecuentes durante el proceso de adaptación?

Susana de la Ossa: Cuando mamá y papá en la primera semana de jardín se vayan del colegio es fundamental que se despiden del niño o de la niña. No podemos escondernos e irnos escondidos, así lo vemos tranquilo. Tradicionalmente se hacía esto para que los niños no se dieran cuenta y así no lloraran en la despedida. Pero, ¿cómo se puede sentir este niño al no ver a su mamá o a su papá o a la persona de su confianza, a sentir que se desapareció? Pues, se siente abandonado, porque no hubo un cierre, no hubo una despedida y no hubo las palabras claves: “Te amo y vuelvo más tarde para buscarte”. Es muy importante despedirnos con tranquilidad, asegurar que los amamos y que volvemos. De esta manera, saben que no los abandonamos y sienten que su estancia en el jardín le produce tranquilidad a la mamá y, que, por ende, también pueden estar tranquilos. También debemos expresarles una razón por la cual nos tenemos que ir: “Me voy porque tengo que trabajar” o “me voy porque tengo que hacer el almuerzo” o la razón que tengas y luego, hacer énfasis en tu pronto regreso.

Un segundo error, tiene que ver con nuestra propia disposición de dejar al niño en el jardín; una vez que nos despedimos, aunque el niño esté llorando, tenemos que irnos con tranquilidad y determinación (ojalá después de un proceso de acompañamiento idóneo). Porque si decimos que mejor nos quedamos porque está llorando el niño, confundimos al niño; le estamos diciendo me voy, pero no me voy. Y cuando el niño se da cuenta que su llanto tiene como consecuencia que la persona de confianza no se va, va a llorar con más razón a la hora de despedirse. Porque lo normal es que el niño siempre prefiere estar con mamá y papá. Y si por su llanto nos quedamos, lo confundimos y esto puede generar inseguridad para futuras despedidas. Además, al quedarnos por su llanto le transmitimos nuestra propia inseguridad y nuestro propio miedo. Entonces, no se debe entrar y salir, entrar y salir. O me quedo desde el principio para acompañarlo un poco más o, si decido irme, me voy con determinación y tranquilidad después de despedirme. Para este punto, es fundamental confiar en el personal del jardín. Tener tranquilidad cuando dejamos a nuestro hijo llorando, no es nada fácil, y únicamente lo podemos lograr si confiamos en que el personal nos avisará en caso que el llanto perdure. De hecho, es importante aclarar con el personal que para nosotros es importante que nos avisen en caso que sigue llorando. De esta manera, nos podemos ir, sabiendo que va a estar bien mientras no nos llamen a decirnos el contrario.

Otro error muy común es, dejar al niño en el jardín solo el primer día, sin el acompañamiento de una persona de confianza; puede ser mamá, papá, nana, abuelo, abuela, tío, tía, etc. Es importante que saquemos un espacio como adultos, así sea una o dos horas, preferiblemente durante varios días, pero, en especial, el primer día del colegio. Es fundamental, que el niño tenga el primer acercamiento con el colegio con una persona que le de confianza. Entonces, es un error muy grave, el primer día, de pronto ni siquiera bajarnos del carro, y dejarlo llorando. Es importante, que mientras el niño crea lazos de confianza con sus profesoras, esté acompañado por una persona de confianza (crear lazos de confianza con la profesora va a durar más que un día, incluso, de pronto más que una semana; así que el acompañamiento idealmente debe durar este tiempo). Y si el niño percibe que su persona de confianza interactúe con la profesora con tranquilidad, se ríe con ella, le tiene confianza, va a ser más fácil para él o ella sentir esta confianza también.

  1. Erik Erikson (1959): Identity and Life Cycle. W. Norton & Company, 1994