Miedo 2

Cada uno de nosotros tiene miedos; entre los adultos puede haber miedos ante las enfermedades, los accidentes, miedos de perder a alguien, miedos de perder la fuente de ingresos, miedos a fracasar, miedos a ser rechazados, miedos a la soledad, miedos a los cambios o miedos de hablar en público. Y aunque evitamos sentir el miedo, ya que es un sentimiento muy desagradable, al final hace parte de la vida del ser humano.

Desde una perspectiva evolutiva, el miedo tiene una función protectora muy importante para la humanidad: nos protege de situaciones peligrosas, nos hace calcular peligros y elegir opciones que no amenazan en contra de nuestra vida o de nuestro bienestar.

Por otro lado, el miedo es un motivador importante en cuanto al comportamiento humano; tenemos muchos comportamientos promovidos por el miedo: la consulta donde el médico (para evitar enfermedades), el esfuerzo que demostramos en nuestro puesto de trabajo (para evitar la pérdida de los ingresos), nuestro intento diario de adaptarnos a las exigencias de la sociedad (para evitar el rechazo social), etc.

Los miedos infantiles

Tal como los miedos hacen parte de la vida adulta, también hacen parte de la vida del niño. Durante el desarrollo infantil los miedos cambian según la edad y según el desarrollo cognitivo y emocional del niño. Entre los miedos infantiles hay miedos que hacen parte del desarrollo normal de un niño, hay miedos provocados por estilos de crianza y hay miedos provocados por estímulos externos como los miedos digitales o la situación familiar.

Los miedos evolutivos son aquellos que hacen parte del desarrollo infantil y casi todos los niños los experimentan. Normalmente se basan en las necesidades emocionales y físicas del niño y están relacionados con la maduración cognitiva. El miedo ante la separación, por ejemplo, se basa en la necesidad emocional del niño de sentirse seguro y resulta del aprendizaje que ellos son seres independientes a sus madres. Al nacer un bebé todavía no distingue entre sí mismo y su madre; pero con el tiempo empieza a entender que no hacen parte de ella, lo cual genera la comprensión y el miedo que la madre se puede ir. Solo cuando el niño empieza a desarrollar la capacidad cognitiva de comprender que los padres, aunque no los vea, siguen existiendo y ha hecho la experiencia que regresan, puede separarse de ellos con más tranquilidad. Este ejemplo demuestra la relación importante entre necesidades emocionales, desarrollo cognitivo y miedos infantiles.

Es importante mencionar que cada niño vive los miedos infantiles de una manera distinta, dependiendo de su temperamento, de su desarrollo y de su entorno. Es nuestra tarea como padres indagar para cada uno de nuestros hijos cómo manejar de la mejor forma sus miedos e inseguridades.

El miedo a la separación

Durante los primeros años de vida predomina el miedo frente la separación de las figuras de cuidado. Por la alta vulnerabilidad y por la total dependencia del bebé de una persona que lo cuida, protege y alimenta, el bebé presenta miedos y angustias cuando se separa de su madre o de la persona que lo cuida. El miedo frente a la separación de las personas de confianza puede mantenerse hasta los 4 años aproximadamente y evolutivamente se explica por el real peligro que corría un niño chiquito lejos de su madre antes de la civilización. A pesar de que hoy en día varios de estos peligros ya no existen, el miedo frente la separación de la persona principal de cuidado no es un miedo irracional, al contrario, teniendo en cuenta la vulnerabilidad y la dependencia de los niños pequeños se trata de un miedo muy racional.

Para poder superar los miedos frente la separación es necesario que el bebé o niño pequeño adquiere la seguridad de que el mundo alrededor, y en especial sus padres, responden ante sus necesidades físicas y emocionales. Erik Erikson define esta seguridad como determinante para un desarrollo infantil sano y la llama “Confianza Básica” (1). Únicamente teniendo esta seguridad el bebé podrá abrirse al mundo, haciendo nuevas experiencias y descubriéndolo poco a poco.

Por este motivo, es muy importante respetar el miedo del bebé, no esforzar la separación de manera brusca y demostrarle estabilidad y previsibilidad en cuanto a la satisfacción de sus necesidades físicas y emocionales. Con el tiempo, el bebé aprenderá que puede confiar en sus padres lo cual le permitirá poco a poco abrirse hacía el mundo y confiar también en otras personas.

El miedo ante la separación y el abandono puede re-aparecer en ciertas situaciones nuevas que se presentan durante la infancia. Cuando un niño entra al jardín, por ejemplo, e incluso más adelante al colegio, puede volver a experimentar el miedo a la separación. Es fundamental que los padres acompañan estas transiciones con mucha sensibilidad y paciencia, para ayudar a sus hijos a acostumbrarse a la nueva situación y así volver a sentirse seguros.

El miedo a los monstruos, fantasmas y otras figuras imaginarias

El miedo ante las figuras fantásticas comienza con el desarrollo de la función simbólica del pensamiento, aproximadamente a los dos años. Según Jean Piaget, con el desarrollo del lenguaje el niño empieza a generar imágenes de las cosas en su cabeza y aprende a distinguir entre estas representaciones mentales y la realidad (2). La adquisición del pensamiento simbólico posibilita el juego simbólico; el niño ahora es capaz de imaginarse, por ejemplo, que una ficha de Lego es un carro.

El pensamiento simbólico, en este sentido, constituye la base para la gran capacidad de imaginación que los niños desarrollan entre los 3 y los 6 años. Normalmente es la edad en la que empiezan a jugar juegos de roles con sus amigos, en la que les fascinan los cuentos e historias. Con sus amigos, pueden vivir toda una tarde de juego en un mundo fantástico, convirtiéndose en princesas, superhéroes, bomberos, mamás, papás o lo que quieran ser. Su imaginación vuela de una forma que ya de adultos no logramos comprender, y los somete a mundos imaginarios llenos de aventuras y aprendizajes.

Pero, la imaginación no solamente abre la puerta hacía lugares bonitos llenos de alegría; también puede llevar a los niños a lugares oscuros que pueden producir miedo. Su imaginación no solo da lugar a superhéroes y princesas, sino también a monstruos y a fantasmas temerosos. Normalmente estos aparecen en la oscuridad cuando el niño está solo. Por esto, los niños a esta edad pueden demostrar miedo a la hora de dormir solos en su cuarto o de meterse en lugares oscuros.

Cuando nos damos cuenta que nuestro hijo o hija experimenta miedos, es importante tomarlos muy en serio. En ningún momento debemos burlarnos de sus miedos o decirles que se están comportando como un bebé, que ya están grandes para estas tonterías. Tampoco es aconsejable intentar de desaparecer el miedo a partir de explicaciones acerca de la no-existencia de las figuras fantásticas. Aunque el monstruo puede no ser real, su miedo frente él sí lo es; y si intentamos quitarle sus miedos a partir de argumentos racionales, lo único que logramos es que dejan de hablarnos de ellos.

Entonces, ¿cómo podemos ayudarles a nuestros hijos a superar estos miedos? Pues, tal como el miedo es producto de la gran capacidad infantil de imaginación, la solución también lo puede ser. Si el monstruo es real, también una trampa para monstruos puede ser una solución real; o una varita mágica que aleja a los monstruos o un anti-monstruo spray. Juntos con nuestros hijos podemos ser creativos en la forma de cómo alejar a estas figuras fantásticas.

Finalmente, es muy importante que evitemos incitar los miedos imaginarios con contenido digital no apropiado, con cuentos de fantasmas y monstruos o con amenazas que implican figuras fantásticas. En ningún momento se deben utilizar a figuras fantásticas como “el coco” o “el hombre negro” para lograr cierto comportamiento en los hijos. Estas figuras amenazantes pueden ser muy temerosos para un niño, incluso pueden llegar a traumatizarlo y producir miedos patológicos. El miedo NO es un método de crianza ni de educación, simplemente es una forma de esforzar cierto comportamiento en el niño en contra de su voluntad, aprovechando su vulnerabilidad.

El miedo a los peligros reales

Cuando el niño crece, desarrolla la capacidad de distinguir entre lo real y lo imaginario; esto le permite superar poco a poco sus miedos frente a las figuras fantásticas. A partir de los 6 o 7 años empiezan a predominar los miedos a peligros o situaciones reales. Al adquirir más independencia, el niño empieza a abrirse al mundo grande, fuera de su zona protegida en la que vivió durante sus primeros años de vida. La incertidumbre en cuanto a lo que le espera en este mundo grande puede generar inseguridades en los niños. Este mundo grande con nuevos ambientes, nuevas personas, nuevas experiencias puede ser abrumador al principio, incluso empiezan a conocer peligros reales del mundo que todavía no saben categorizar, como las enfermedades, los ladrones, las personas “malas” o las catástrofes naturales. Al mismo tiempo, es una edad en la cual los niños empiezan a ser más selectivos con sus amigos y las personas con las que quieren rodearse. Se empiezan a generar amistades fuertes entre los niños, grupos, y con esto comienza el miedo de poder ser rechazado por otros niños. También las crecientes exigencias escolares pueden causar miedos en los niños: miedo frente al fracaso, miedo frente a la burla o al regaño.

Los niños en estas situaciones necesitan personas que comprenden su inseguridad, que saben acompañarlos de manera sensible y amorosa. Cuando nos damos cuenta que nuestro hijo tiene ciertas inseguridades o miedos frente nuevas situaciones como puede ser el colegio o el cumpleaños de un compañero donde no conoce a los demás niños, es muy importante que no los presionamos pero que tampoco les evitamos del todo la situación de incertidumbre. A veces puede ser tentador querer proteger a nuestros hijos de situaciones incomodas, pero la solución no es evitar la situación, sino más bien apoyar a enfrentar y superar la incertidumbre. Para esto, es necesario que en verdad entendemos el motivo del miedo del niño. Lo podemos averiguar hablando de una manera muy sensible y sin juicio, evitando la pregunta “¿por qué te da miedo”, ya que en muchos momentos para los niños es difícil responder esta pregunta; en vez, podemos preguntar “¿qué piensas puede pasar en esta situación?” La idea es que de manera muy cuidadosa investiguemos qué es lo que pasa en la cabeza de nuestro hijo; muchas veces podemos pensar saber qué es lo que le da miedo, pero en realidad su miedo se basa en algo completamente diferente. Cuando ya entendemos el por qué, podemos junto con el niño buscar algo que le podría dar más seguridad en la situación de miedo.

Un ejemplo: A un niño lo invitaron a un cumpleaños, pero le da miedo ir solo. Entonces la mamá empieza a investigar: “¿Qué puede pasar allá?” y tu hijo dice: “No sé, es que yo no conozco a nadie allá”. Parece que su inseguridad se basa en el miedo de poder ser rechazado o quedarse solo. Una solución podría ser:

“¿Qué te podría ayudar? Si quieres, podría hablar con la mamá y le digo que me llame si tú quieres que te recojo.”

“Hmm…”

“No te convence…”

“Es que sería vergonzoso si los demás niños se darían cuenta.”

“Ah ok. Y ¿qué tal si te llevas el celular de Papá y me llamas desde el baño en caso que quieres que te recojo?”

“Sí, me parece bien.”

En esta pequeña conversación la mamá siente de manera muy sensible qué es lo que necesita su hijo. Primero que todo, intenta de comprender el motivo real del miedo, y en un segundo paso, intenta de buscar junto con él una solución que en verdad le ayuda a sentirse más seguro. De esta manera, le ofrece a su hijo enfrentar la nueva situación con apoyo, y le permite experimentar que es capaces de lidiar con este tipo de situaciones. Esta superación positiva fortalecerá su autoestima y su confianza en el mundo.

Resumiendo, podemos decir que los miedos son naturales, tanto en los adultos como en los niños. En este sentido, no se trata de evitarles a los niños el sentimiento de miedo, sino de acompañarlos y enseñarles formas de manejo y superación; un niño con miedo necesita de un adulto que lo sostenga y que lo guíe de manera amorosa, para poder aprender a afrontar la situación y volver a sentirse seguro. Sin embargo, también hay situaciones de miedo que pueden superar la capacidad emocional del niño de manejo (como puede ser cierto contenido digital, violento o temeroso, figuras fantásticas temerosas, etc.); en este caso, debemos protegerlos de dichas experiencias para garantizar su bienestar y salud emocional.

  1. Erik Erikson (1959): Identity and Life Cycle. W. Norton & Company, 1994
  2. Piaget, Jean (1946) La formación del símbolo en el niño, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Ed. F.C.E. México, 1961

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