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“¿No es lo más lindo que has vivido en tu vida?”, “¿No es lo más bonito sentir este enamoramiento cuando miras a tu bebé?” Estas son algunas de las preguntas que escuchan las mamás primerizas apenas nace su bebé, y van acompañadas con las fotos de felicidad y mensajes de amor que se suelen publicar en estos momentos. Pero, ¿esta imagen proyectada del nacimiento de un bebé y del comienzo de la maternidad concuerda con la experiencia real de una mujer que se vuelve madre por primera vez? Desde mi experiencia, en muchos casos no es así. Hay una gran brecha entre la imagen proyectada del comienzo de la maternidad y la experiencia real vivida por muchas mujeres, una situación que lleva a sentimientos de fracaso, de culpa, de tristeza y de vergüenza en estas mamás primerizas. Sienten que no son capaces de cumplir con la responsabilidad y con las expectativas sociales que acompañan el nacimiento de un bebé.

Para que nadie me malinterprete: yo no estoy diciendo que el hecho de volverse madre no es una experiencia transcendental, hermosa, única, que valga la pena en todos los sentidos; al contrario, es todo esto y más; pero también para muchas mujeres representa el reto más grande de su vida, representa encontrarse con sus propios miedos, imperfecciones y heridas, representa sacrificarse, preocuparse, poner al lado sus propios deseos y necesidades por un tiempo y pensar la vida a partir del bienestar de su hijo o hija. Y sí, posiblemente las mujeres estamos biológicamente “programadas” para asumir este reto, pero esto no quita el hecho de que nos cueste, de que luchamos todos los días con nosotras mismas, de que nos cuestionamos todo el tiempo y de que a veces sufrimos y nos sentimos tristes por el hecho de no poder vivir la vida como antes. Amamos a nuestros hijos como nada en el mundo, pero en algunos momentos nos sentimos atrapadas en este círculo de alimentar, cuidar y educar.

Especialmente el comienzo de la maternidad representa un momento muy difícil; tener que cuidar a un nuevo ser humano tan pequeño y dependiente nos puede asustar, poner a disposición nuestro cuerpo en todo momento nos puede agotar, el posible distanciamiento con nuestra pareja nos confunde y el hecho de que nuestra vida cambia de la noche a la mañana puede ser abrumador. Podemos incluso llegar a sentir una pérdida de identidad; si antes éramos mujeres en control de nuestras vidas, exitosas, reconocidas, independientes, fuertes, en los primeros meses de la maternidad es muy probable que empezamos a poner en duda esta identidad de antes. Nos sentimos deformadas, sin control, no sabiendo qué es lo que estamos haciendo, confundidas y muy vulnerables; nos sentimos como otra mujer que no queremos ser. Y lo peor de todo es que no podemos hablar de esto porque se espera que hablemos del gran enamoramiento que sentimos por nuestros bebés y de la maravilla que es ser madre. Hasta nos tenemos que encerrar en el baño para llorar, porque nos dicen que nuestra tristeza le hace mal al bebé.

¡Quiero decirles que la expresión sincera de los sentimientos y las emociones de una madre no le hacen mal a su bebé! Lo que sí le hace mal al bebé es una madre que tiene que reprimir sus emociones para cumplir con las expectativas de las personas alrededor y de la sociedad, en función de mantener viva la imagen de la maternidad glorificada. Lo que le hace mal al bebé es una mamá que se sienta sola con sus incertidumbres, sus miedos y tristezas, que se siente culpable por no ser esta madre de pura felicidad y amor que nos muestra la publicidad de pañales.

Por esto, creo que es el momento de acabar con la glorificación de la maternidad para darle paso a la realidad, a las emociones y sentimientos auténticos de una madre primeriza, para de esta forma brindarle un apoyo verdadero, eliminando los sentimientos de culpa por no sentir lo que “debemos” sentir. Somos las madres perfectas para nuestro hijo o nuestra hija, cada una con sus ambigüedades, incertidumbres, miedos, imperfecciones y con este gran amor que sentimos por nuestros bebés y que vamos consolidando en el mismo proceso de la maternidad.