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¿Por qué enseñamos reglas y normas a los niños?

Para enseñar reglas y normas a los niños es clave que nos hagamos las siguientes preguntas: ¿por qué tiene tanta importancia enseñar reglas y normas? y ¿cuál es el sentido de las reglas para la familia, la sociedad, la humanidad? Los niños son seres con capacidad de razonar y comprender; si no logramos transmitirles el sentido de las reglas y normas, teniendo claro el porqué de éstas, será difícil convencerlos a que las cumplan.

El principal motivo por el cual existen las normas y las reglas es la organización de la convivencia en grupo. Los seres humanos no podríamos convivir si no tuviéramos reglas que organizan una estructura en la cual se respeta la libertad y la dignidad de cada uno. En este sentido, cada grupo, cada familia y cada sociedad tiene sus reglas para organizar la convivencia.

¿Cuáles son las reglas en tu familia?, ¿cuál sentido cumple cada regla para mejorar la convivencia familiar? y ¿cómo se acordaron estas reglas?

¿Quién debe definir las reglas familiares y cómo se comunican?

Ya sabemos que las reglas familiares deben cumplir el fin de mejorar la convivencia familiar. Teniendo esto en cuenta, se evidencia la importancia de generar conversación y debate en cuanto a estas reglas. Los niños hacen parte de la familia y como miembros deben tener cierta participación en la creación del sistema de normas y reglas. Esto no se debe confundir con un sistema sin autoridad, pero la autoridad tiene que decidir en función del bien de todos los miembros del grupo. Para poder hacer esto, tiene que escuchar a todos los miembros para conocer sus deseos y necesidades. La propuesta de una crianza democrática es involucrar a los hijos en las decisiones familiares, conversar, escuchar, tomar en serio su perspectiva y respetar sus opiniones. Sin embargo, como padres podemos al final decidir en contra de sus deseos y necesidades, por motivos de seguridad por ejemplo. En estos casos, lo importante sería explicar a nuestros hijos el por qué decidimos de esta manera para que sea una decisión que tenga argumentos racionales y no porque nosotros somos la autoridad.

Les voy a dar un ejemplo: ya sabemos que jugar videojuegos con mucha frecuencia y duración es dañino para los niños; pero como a todos los niños a nuestro hijo le encanta. Para controlar la duración queremos poner una regla de cuánto tiempo al día se puede jugar. En esta situación podemos sentarnos con nuestro hijo y preguntarle (y esto aplica para niños de: “Hijo, tenemos que controlar tu duración de la televisión, por qué en mucha cantidad no es bueno para las personas y te va a hacer daño. Además, ¿no es lo único que te gusta hacer, verdad? Así que tenemos que mirar que también tienes tiempo para todas las otras cosas que te gustan hacer. Entonces, ¿cuánto tiempo quisieras tu ver televisión al día? y ¿qué quisieras hacer el resto de tiempo?” Entonces su hijo podría responder: ”Quiero ver en la mañana, después del colegio y en la noche” (el tema de la duración para los niños pequeños todavía es difícil porque no tiene compresión del tiempo). Y le podemos responder y hacerle sugerencias: “Bueno, entiendo tu deseo, pero creo que es demasiado. ¿Cuál programa es el que más te gusta ver?” “Hmmm….Paw Patrol” “Listo, entonces Paw Patrol hay después del colegio. ¿Qué tal si ves Paw Patrol después del colegio y luego un rato corto en la noche? Y en la mañana no ves nada, sino que en la mañana jugamos. ¿Te parece bien?” De esta manera, el acuerdo se hizo en conjunto, respetando los deseos del niño y escuchando su opinión. Luego, se le puede ir olvidando al niño y se lo volvemos a recordar: “Hijo, acuérdate que dijimos que en la mañana no, pero después del colegio y en la noche un rato; tú mismo estuviste de acuerdo”.

Para este ejercicio es clave que tu como padre o madre tengas claro hasta donde estas dispuesta/o a negociar; eso implica que desde antes debes haber reflexionado sobre lo que puedes permitir y lo que no puedes permitir. En este sentido, la negociación se realiza dentro de ciertos límites. No todo es negociable (por ejemplo, si pongo o no el cinturón de seguridad en el carro); pero en la mayoría de casos podemos encontrar cierta flexibilidad que permite una negociación dentro de los límites (si tu hijo por ejemplo quiere ponerse su disfraz de Superman en el colegio, pero tiene que ir con el uniforme; no puedes permitirle ir con el disfraz, pero le puedes explicar los motivos y proponer que se lo puede poner apenas vuelva del colegio).

De la misma forma, los niños deben tener el derecho de proponer reglas en cierto momento; puede ser por ejemplo que tu hijo te dice que no quiere que miras el celular mientras juegas con él (un deseo muy válido). Puedes negociar con él una regla alrededor del tema: “Listo hijo, me parece bien. Vamos a hacer la regla que mientras jugamos yo no miro el celular, al menos que haya algo muy urgente. Pero después de jugar me das un tiempo para poder revisar el celular. ¿Estás de acuerdo?”. Dándole está forma de participación e iniciativa, le enseñamos que tanto los deberes como los derechos son para todos, lo empoderamos para tomar iniciativa frente las situaciones y circunstancias de la vida y le enseñamos que tanto sus deseos cuentan como también los deseos de los demás.

¿Cuáles son las ventajas de una crianza que parte de la participación?

¿Qué es lo que logramos con esta forma de acordar las reglas familiares? Vamos a ponernos en los zapatos del niño un momento: ¿Qué es lo que va a sentir el niño con el cuál negociamos el tiempo de televisión y al que explicamos por qué no puede ver todo el tiempo que quiere? Y después pensamos qué es lo que va a sentir un niño al que decimos: “No vas a ver televisión por qué yo lo digo”? En el primer caso, lo más seguro es que el niño se siente respetado, se siente tomado en serio y siente que si cumple la regla está siguiendo su propia regla. Va a sentir que el tiempo acordado de ver la televisión tiene un sentido más allá de seguir la autoridad. En el segundo caso, el niño puede sentirse dominado, puede sentir que lo que él quiere y piensa no cuenta, que las cosas son como son por que otros lo deciden por él. Va a sentir frustración y va a aprender que no vale la pena expresar lo que uno quiere o piensa, sino lo que cuenta es seguir la autoridad.

Por consiguiente, dejar participar a los hijos en la organización familiar y permitir debates respetuosos alrededor de las reglas y normas, genera un ambiente familiar donde el niño se sienta libre, seguro y respetado. El tema de cumplir las reglas se vuelve un tema de auto-control más que un control impuesto por fuera. El niño aprende que los padres en verdad deciden por su bien, que las reglas tienen un sentido y que por esto es importante cumplirlas; aprende que las reglas no tienen la función de dominarlo y de quitarle libertad, sino al contrario, que sirven para asegurar la libertad, el bienestar y la felicidad de todos. Esto genera un ambiente de confianza en el cual los hijos respetan las reglas porque confíen en sus padres y su criterio; un respeto, por ende, que se basa en la confianza y no en el miedo.

Es obvio, que entonces una crianza democrática también tiene un impacto importante en el desarrollo del niño. De esta manera, la ciencia ha demostrado que un estilo democrático en la crianza lleva a niños con mejor auto-imagen y, por ende, con mayor autoestima (1,2), lleva a niños con mayor comportamiento pro-social (3) y con mayor capacidad de confiar en el otro (4).

Cómo adultos, ¿somos congruente en el proceso de enseñar reglas y normas a nuestros hijos?

Para generar la confianza descrita arriba es fundamental que seamos congruentes en palabras y actos. Los niños por su naturaleza son curiosos y observan a su alrededor para aprender; y las primeras personas que son objeto de su observación son sus padres. Ellos ven lo que hacemos y escuchan lo que decimos. Si nosotros entonces les exigimos que cumplen las reglas, pero nos observan en un acto en el cual no cumplimos las reglas nosotros, se dan cuenta en seguida. Si les enseñamos que deben ser respetuosos con las demás personas, pero nos observan tratar a otra persona sin respeto, se dan cuenta en seguida. Si les enseñamos que deben respetar a sus profesores, pero nos escuchan hablar de forma despectiva de ellos, se dan cuenta en seguida. Si les enseñamos que deben ser responsables, pero nos observan asumir muy poca responsabilidad en temas como el medio ambiente, las personas alrededor de nosotros o nuestra vida profesional. Los niños son muy sensible ante las incongruencias de los adultos. Por este motivo, es importante que nosotros nos ponemos a reflexionar sobre cuales son las reglas y normas que queremos enseñar y en un segundo momento, si nuestro comportamiento es congruente con estas reglas y normas que les exigimos a nuestros hijos.

¿Qué tipo de persona quiero que sea mi hijo o mi hija en futuro? y ¿cómo quiero que contribuye a la sociedad?

En este punto quisiera aclarar que la crianza no solamente es un asunto privado, es un asunto social. ¿Por qué se trata de un asunto social? Porque estamos criando a la nueva generación, la cual determinará la sociedad, la política y el futuro del país; la tendencia de un ciudadano de optar por un sistema con valores autoritarios o hacía un sistema con valores democráticos, por ende, se desarrolla desde la casa, a partir de la forma de comunicación entre padres e hijos (5,6). Por este motivo, es importante preguntarse: ¿Qué tipo de ciudadano quiero criar? ¿Quiero criar una persona que cumple las normas y reglas por que los impone la autoridad (y en el momento que pueda se las vuela por que no entiende su sentido)? O ¿quiero criar una persona que cumple las normas y reglas por que logra entender su sentido e importancia, y que además tiene la capacidad de cuestionarlas cuando no le ve el sentido? En el primer caso, estaríamos criando un seguidor apto de vivir en un sistema autoritario; en el segundo caso, estaríamos criando a un ciudadano apto para vivir en un sistema democrático. Por este motivo, como padres somos los que determinan el futuro de este país, incluso más que los políticos, más que los intelectuales y más que la élite.

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  1. De la Torre-Cruz, M.; Ruiz-Ariza, A.; Dolores Lopez-Garcia, M. et.ál. (2015). Differential Effects of Mothers’ and Fathers’ Parenting Style on Teenagers’ Physical Self-concept. Revista de Educación. 369, 59-84
  2. García, O.F.; Serra, E.; Zacarés, J.J.; García, F. (2018). Parenting Styles and Short- and Long-term Socialization Outcomes: A Study among Spanish Adolescents and Older Adults. Psychological Intervention. 27 (3), 153-161
  3. Aranguren, I., & Bertella, M. A. (2016). La influencia de los estilos parentales en el desarrollo de las conductas prosociales en los niños. Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina, 62(4), 270-278.
  4. Wray-Lake, L.; Flanagan, C. (2011). Parenting practices and the development of adolescents’ social trust. Journal of Adolescence, 35, 549-60
  5. Lassonde, S. (2017). Authority, disciplinary intimacy and parenting in middle-class America. European Journal of Developmental Psychology. 14 (6), 714-732
  6. Miklikowska, M.; Hurme, H. (2011). Democracy begins at home: Democratic parenting and adolescents’ support for democratic values. European Journal of Developmental Psychology. 8. 541-557