Niño triste

¿Ustedes conocen la broma costeña que dice: “¿Cuál de estos 4 psicólogos te atendió a ti?” junto con una imagen que demuestra una correa, una chancleta, un palo de escoba o una cuchara de cocina? ¿Cuál reacción genera esta broma en nosotros? ¿Qué nos dice esta reacción sobre nosotros, sobre nuestra historia?

Con este artículo quisiera abrir la reflexionar sobre el tema de pegar o no pegar a un niño por motivos educativos o los que sean, aprovechando la publicación reciente de las recomendaciones realizadas por la Academia Americana de Pediatría en cuanto al castigo físico (publicadas en Colombia por El Espectador el 9 de noviembre de este año).

Es una temática que genera mucha discusión, que separa a los padres en dos frentes, los que aprueban el castigo físico y los que no aprueban el castigo físico. Además, es una temática que nos toca emocionalmente a todos los padres, tanto en nuestro rol como padres, como los adultos que somos y como los niños que fuimos.

El castigo físico: ¿una herramienta para enseñarle algo a un niño?

Para responder esta pregunta quisiera primero que todo reflexionar sobre el propósito del castigo físico. Si yo preguntara a cualquier padre que recurre a esta medida seguro me diría que el propósito es enseñarle al niño o a la niña lo que debe hacer y lo que no debe hacer; regular su comportamiento de tal forma que se comporte como el padre o la madre lo espera. Me diría que sus padres también le pegaron y que esto no le ha hecho ningún daño, sino al contrario, le ha enseñado ser una persona “de bien”. Listo, ahora, mi pregunta sería: ¿en verdad pegamos para enseñarle algo al niño o a la niña? ¿Logramos nuestro propósito? ¿El niño o la niña aprende algo? ¿Qué es lo que aprende?

Normalmente empezamos a recurrir al castigo físico cuando el niño o la niña entra en la etapa de las rabietas; cuando empiezan a vivir todo su deseo de autonomía y nos retan a los padres con sus comportamientos. Es el momento en el que el niño cambia de ser el bebé tierno y dulce, a ser una persona con su propia voluntad. Y como lo he descrito en otro artículo: en los momentos de las rabietas, podemos sentir que nuestros pequeños tesoros de repente se convierten en pequeños “monstruos” que nos superan. En estos momentos, muchos padres interpretan esta situación como una “lucha de poderes”, en la cual es importante mostrarle al niño sus límites para que no aprenda a imponer su voluntad sobre la voluntad de sus padres. Aquí podemos encontrar nuevamente el miedo de los padres de la dominación del niño sobre ellos (como cuando se supone que dejar llorar a un bebé le mostrará sus límites), y como lo he dicho anteriormente, este miedo está muy relacionado con el miedo de perder el control.

Pero, ¿qué pasa en nuestra mente cuando pensamos la crianza de esta manera y un niño o una niña entra en la rabieta? Sentimos que perdemos control, sentimos que no sabemos cómo manejar la situación, sentimos incapacidad, sentimos desesperación, sentimos impotencia, sentimos rabia, sentimos que no nos respetan, que nos avergüenzan, que no tienen en cuenta nuestros deseos, nuestras necesidades y nuestra autoridad. Y nos preguntamos, ¿en verdad todo esto lo puede activar un ser tan pequeño como un niño? Sí, porque son sentimientos que están dentro de nosotros todo el tiempo, reprimidos y escondidos. No es nuestro hijo el que nos hace sentir incapaz, avergonzado, no valorado, no respetado, etc., pero es nuestro hijo el que nos activa estos sentimientos. Es como una bomba dentro de nosotros, y nuestros hijos son los que activan el detonador.

Los orígenes verdaderos de nuestra necesidad de ser reconocidos, valorados y respetados, y de nuestra sobre-reacción cuando nos sentimos degradados, se encuentran en nuestro pasado; más preciso en nuestra niñez, en la relación con nuestros padres, en especial con nuestra madre (ver Laura Gutman “La Biografía Humana”). Quiere decir, que esta bomba que nuestros hijos activan con su comportamiento, está allá hace mucho tiempo antes de que ellos existían. Nuestra tarea es averiguar cuáles son los comportamientos de nuestros padres que nos han podido dejar esta bomba en el interior. ¿Cuándo fue que no nos sentimos valorados, reconocidos o respetados por ellos? ¿Cuándo fue que nosotros no nos sentimos suficientemente amados por ellos? Son preguntas y reflexiones profundas que nos pueden costar enfrentar, porque nos hacen daño y nos obligan a cuestionar a nuestros padres que tanto amamos y admiramos. Pero aquí no se trata de culpar a nadie, la idea es llegar a una aceptación que ciertos comportamientos de nuestros padres nos han podido lastimar profundamente (no únicamente el castigo físico, también puede ser la humillación, las ofensas, el abandono o la negligencia), para llegar en un segundo paso a la comprensión que ellos no lo hicieron por hacernos daño, sino porque no sabían hacerlo de otra manera. Al final son seres humanos con virtudes y defectos como cualquier otro, y con su propia historia que habrá dejado sus marcas también en ellos. Lo importante aquí es ver y aceptar y, por ti mismo, sanar, para poder comprendernos mejor a nosotros mismos; entender nuestra forma de sentir, actuar y reaccionar.

¿Qué pasa ahora cuando nosotros repetimos estos comportamientos de nuestros padres? ¿En verdad estamos enseñando de esta manera a nuestros hijos ser personas de bien? ¿O les estamos colocando una bomba en su interior tal como lo hicieron nuestros padres con nosotros? ¿Será que con el golpe más bien aprende a tenernos miedo y por este motivo dejan de hacer lo que no deben, dejan de ser quiénes son, para no ser maltratados? ¿Esto es educación?

Concluyo para esta primera pregunta: en verdad nosotros no pegamos a nuestros hijos con fines educativos, ya que no es un comportamiento que resulta de la razón, sino que es una reacción frente a ciertos estímulos, producto de un impulso fuerte dentro de nosotros que no logramos controlar.

Pegar a un niño ¿le hace daño o no le hace daño?

¿Quiénes nos pueden responder esta pregunta mejor que los niños mismos que experimentan esta práctica? Así que si queremos reflexionar sobre el daño del castigo físico, lo mejor es regresar a nuestra infancia y preguntar a este niño o a esta niña dentro de nosotros que lo ha vivido. Sé que esto no es fácil y nos genera en seguida reacciones que bloquean el verdadero sentimiento para protegernos del daño. Estos bloqueos y mecanismos los hemos creado desde muy temprana edad, porque de niños todavía no teníamos las capacidades emocionales y la libertad de asumir ciertos sentimientos y cierta verdad. Y ahora, de adulto, estos mecanismos protectores son una parte de nosotros y no vamos a soltarlos fácilmente, porque construimos nuestro ser, nuestra personalidad y nuestro “equilibrio” emocional encima de ellos. Pero este equilibrio no es real y muy dentro de nosotros lo sabemos; por eso tenemos ciertas reacciones que no entendemos, por esto puede ser que nos enfermemos a menudo, que tengamos dolores, tristezas o miedos que no entendemos, que explotamos con ciertos estímulos, que tengamos vicios que nos cueste dejar, que trabajemos demasiado, que nos cueste confiar en el otro, etc. Pero para sanar y llegar a un verdadero equilibrio emocional, lo cual en últimas nos permitirá ser mejores personas, tener mejores relaciones y ser mejores padres para nuestros hijos, nos toca enfrentar lo que no queremos enfrentar. Nos toca asumir que nuestra infancia no únicamente fue feliz, que a menudo sentimos miedo, dolor, desprotección, confusión o soledad; nos toca asumir que nuestros padres tienen defectos y se equivocaron en cosas y que con esto nos hicieron daño.

Echaremos un vistazo a lo que dice la ciencia en cuanto a los efectos del castigo físico en los niños y las niñas. También en el área de la ciencia la pregunta si el hecho de pegar por motivos educativos hace daño al niño o no, ha sido discutida de forma controversial. Por esto, las nuevas recomendaciones dadas por parte de la Academia Americana de Pediatras en contra de estas prácticas han sido revolucionarias; es la primera vez que este organismo se pronuncia de forma clara sobre el asunto, basándose en los resultados de los últimos estudios científicos. ¿Pero, qué es lo que dicen estos resultados? Se ha demostrado que para el niño no hay diferencia entre el abuso físico y el castigo físico, en cuanto a los efectos que causan en él. Quiere decir que los resultados emocionales en el niño frente al abuso físico y al castigo físico son iguales; en ambos casos se puede observar un daño significativo (1,2,3). Esto es un resultado importante en cuanto a la pregunta que si el castigo físico es un método de crianza o no, porque en cuanto al resultado, parece ser que más que un método de crianza es un abuso como cualquier otro abuso físico (hablando desde los resultados en los niños y no desde la intención de los padres). Estos resultados nos indican que para el niño es indiferente el motivo por el cual le pegan, lo importante es que le están pegando.

Por este motivo concluyo para esta segunda pregunta: el castigo físico sí hace daño a nuestros hijos; y el castigo físico nos hizo daño a nosotros mismos. Es una práctica que produce heridas tan profundas, que no logramos manejarlas, y que, como resultado, genera un ciclo vicioso de repetición con nuestros propios hijos. Es una práctica que afecta el vínculo afectivo entre padres e hijos, que produce silencio, que impide la expresión y la comunicación, y que a lo último, produce soledad y miedo en quienes la han sufrido.

El castigo físico: ¿Un acto de violencia?

Más arriba nos preguntábamos si el hecho de pegar a un niño con supuestos fines educativos era un acto de violencia. Ya sabemos que no es un acto educativo. Para saber si es un acto de violencia tenemos que saber bien cómo se define “violencia”. La Organización Mundial de la Salud utiliza la siguiente definición:

“La violencia es el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte.”

Fuerza física…amenazas…daños psicológicos…problemas de desarrollo. Cuándo pegamos a nuestros hijos, ¿usamos la fuerza física?, ¿los amenazamos? Por lo menos lo primero sí; y en muchos casos también los amenazamos con el uso de la fuerza física (y no solo con esta, también amenazamos con muchas otras cosas). Y cuando pegamos a nuestros hijos ¿les hacemos daños psicológicos o causamos problemas de desarrollo? Pues, la ciencia lo confirma. ¿Qué dices tú?

Para definir si pegar a un niño es un acto de violencia, también podemos mirar el acto de pegar en general: si pegamos a nuestro cónyuge, ¿es un acto de violencia?, si pegamos a un vecino, ¿es un acto de violencia?, si pegamos a nuestros empleados, ¿es un acto de violencia?, si pegamos al hijo del vecino, ¿es un acto de violencia? Si alguna de las preguntas anteriores las contestaste con sí, te pregunto: si pegar a cualquier persona diferente a nuestros hijos es un acto de violencia, ¿por qué no lo es cuando se trata de nuestros hijos?

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el castigo físico como un acto de violencia? Repito, porque aceptándolo tenemos que aceptar nuestras propias heridas; y aceptándolo también tenemos que aceptar que estamos haciendo daño o que en el pasado hemos hecho daño a nuestros hijos, y esto es lo último que queremos hacer como padres. Por eso a veces nos parece más fácil cerrar los ojos y el corazón, y seguir justificando este acto de violencia como un acto educativo, aunque sea un engaño propio. Y en base de esta negación se crean bromas como el que cité al principio de este texto: tan profundo es la herida y el dolor, que tenemos que reírnos para no hundirnos.

¿Y ahora qué?

Ahora es el momento de reconciliarse con el pasado y con el presente: Preguntar a este niño dentro de nosotros que éramos hace años, ¿qué es lo que siente?, aceptar que nos hicieron daño, comprender con compasión a nuestros padres, y por último, comprender con compasión a nosotros mismos; sanar, pedir perdón, y seguir adelante, para luchar cada día con el fin de ser mejores padres para nuestros hijos.

Como dice Laura Gutman en su obra La Biografía Human: “Buscar sombra siempre es doloroso. Pero permanecer ciegos es más doloroso aún”(4).

 

  1. Gershoff, E.T. & Grogan-Kaylor, Andrew. (2016). Spanking and Child Outcomes: Old Controversies and New Meta-Analyses. Journal of Family Psychology. 30
  2. Gershoff, E.T.Goodman, G.S.Miller-Perrin, C.L. et ál.. (2018). The Strength of the Causal Evidence Against Physical Punishment of Children and Its Implications for Parents, Psychologists, and Policymakers. American Psycologist. 73 (5), pp. 626-638
  3. Afifi, T.O.Ford, D.; Gershoff, E.T. (2017). Spanking and adult mental health impairment: The case for the designation of spanking as an adverse childhood experience. Child abuse and neglect. 71, Número especial: SI, pp. 24-31
  4. Gutman, L. (2013). La Biografía Humana. Una nueva metodología al servicio de la indagación personal. Gurpo Eidtorial Planeta, S.A.I.C. p. 164