trotz-560-280282

A partir de los 2 años aproximadamente muchos padres viven el desafío de las famosas rabietas o berrinches con sus hijos. Por lo general, se presentan cuando el niño quiere algo y no lo consigue inmediatamente, lo cual lo lleva a sentir rabia incontrolable y actuar de forma agresiva, puede ser gritando, pegando, llorando o tirándose al piso. En estos momentos, los padres pueden sentir que la situación se les sale de las manos y que pierden el control, pues su amado tesoro de repente se convierte en un pequeño monstruo que los supera.

En muchas ocasiones estos momentos se presentan cuando los padres tienen otras ocupaciones, se encuentran cansados, tienen prisa, etc. Son momentos muy difíciles de manejar emocionalmente y aunque en ciertas ocasiones es entendible que los padres pueden perder el control, esto no representa una solución para mejorar el escenario; al contrario, lo empeora. Además, responder de una forma agresiva o desesperada ante la rabieta de los niños no es aconsejable en cuanto a su proceso de aprendizaje. ¿Entonces, qué pueden hacer los padres para lidiar de una forma constructiva con las rabietas de sus hijos?

La perspectiva del niño o de la niña

Es necesario que los padres entiendan por qué se presentan las rabietas, y que estas hacen parte del desarrollo infantil. Comprender su función para el desarrollo infantil ayudará a mantener el control en los momentos que aparecen. En este sentido, las rabietas se explican por el aumento de independencia de los niños en sus primeros años de vida y, como resultado, con el deseo infantil de ganar más y más autonomía.

Al nacer, el bebé es completamente dependiente de las personas que lo rodean, por lo general sus padres, pues no podría sobrevivir sin el cuidado de ellos. A medida que el niño va creciendo, va desarrollando habilidades que le dan más independencia: aprende a caminar, a hablar, a comer solo, a ir al baño, etc. Cada uno de estos logros genera felicidad y orgullo en él, así que cuando llega a los dos años ha aprendido muchas cosas en muy poco tiempo (creo que no habrá momento en la vida con más aprendizajes en tan poco tiempo) y ha ganado mucha independencia y autonomía. En esta etapa de su vida sienten que no hay límites en su aprendizaje, que pueden lograr todo, que el mundo está a sus pies, y de allí nace el deseo de explorar este mundo hasta el último rincón; tienen curiosidad por todo lo que ven o experimentan y quieren probar sus habilidades en cada momento. Justo en estos momentos vienen los padres con sus limitaciones, vienen a decir “no”, un no que para un niño de esta edad no tiene sentido; no entienden por qué hay un “no”.

Los niños no comprenden las necesidades de sus padres, sus penas, su cansancio, su estrés ya que no tienen conocimiento del reloj, de los horarios, del mundo laboral, de sus retos diarios, en fin, de las limitaciones que impone la sociedad sobre cada uno de nosotros; y a esta edad todavía no tienen por qué entenderlo.

Un ejemplo es cuando el niño quiere cepillarse los dientes solo pero ya es tarde para salir de casa; él no tiene la capacidad de entender el apuro de sus padres y mucho menos busca provocarlos en una situación de estrés, únicamente siente la necesidad de vivir y aumentar su autonomía, sentir este orgullo y esta felicidad que siente cuando hace algo solo. Al final es su deseo de aumentar su autonomía que permite su desarrollo continuo, ya que sin este el niño se quedaría siempre en una posición cómoda en la que todo lo hacen por él.

Cuando estas ganas de aprender, de hacer las cosas por sí mismo, de probar y de desarrollarse son limitadas con un “no”, el niño siente una frustración inmensa; siente que le estamos diciendo que no puede, que no es capaz y le entra la rabia. Si intentamos de comprender su frustración y rabia desde su deseo de autonomía, podemos buscar formas de actuar, sin hacerlo sentir que ignoramos o desconocemos este deseo.

¿Y por qué su rabia o frustración toman las dimensiones de una rabieta o un berrinche?

La capacidad de manejar situaciones de estrés, regulando el propio estado emocional, es una habilidad que un niño aprende en la interacción continua con otras personas. Cuando el bebé nace su sistema bioquímico de estrés apenas se está desarrollando, y su desarrollo dependerá de las respuestas de su entorno ante sus necesidades. En este sentido, es importante anotar que los niños no nacen con la habilidad de regular sus emociones; es una habilidad que se aprende durante la infancia.

El aprendizaje de la regulación emocional representa un proceso que empieza desde el nacimiento y continúa durante toda la infancia. Durante los primeros años de vida, el bebé todavía no tiene las habilidades de calmarse por sí solo y necesita la ayuda de sus padres para lograrlo. Por lo tanto, una respuesta inmediata y oportuna ante sus situaciones de estrés, es la clave para iniciar el proceso de aprendizaje de la regulación emocional (1).

Más adelante durante la infancia, el niño debe aprender estrategias para lograr regular los estados emocionales por sí mismo. En este proceso de aprendizaje es fundamental que los padres lo guíen y lo apoyan, enseñándole posibles estrategias a los cuales puede recurrir cuando se altera.

Se ha demostrado que la capacidad de regulación emocional se basa en las siguientes habilidades (2):

  • la habilidad de identificación y concientización del propio estado emocional
  • la habilidad de la expresión del estado emocional y, por último,
  • la habilidad de recurrir a estrategias de regulación emocional

¿Cómo pueden los padres apoyar el aprendizaje de cada una de estas habilidades?

  1. Aceptación y validación de las emociones

Lo primero y más importante en el proceso de enseñar un manejo adecuado de las emociones es la aceptación y validación de cada una de ellas. Expresiones por parte de los adultos como “no llores”, “no pasó nada” o “no tengas miedo” sugieren al niño o a la niña que su emoción no es válida, que lo que siente no está tomado en cuenta.

Una reacción mejor por parte de los adultos es la reflexión de la emoción experimentada, para que el niño pueda tomar consciencia de ella: “¿Esto te dolió, cierto?”, “Yo entiendo que…te hace sentir triste”. O también pueden hacerle preguntas sobre lo que siente: “¿Qué es lo que te da miedo?”, “¿dónde te duele?”, etc., no hay emociones prohibidas ni malas. En este contexto, es importante diferenciar entre la emoción y la conducta que resulta de ella; una conducta agresiva que resulta de la rabia se debe modificar, pero la rabia en si no debe ser juzgada. Cada emoción tiene su origen y su propósito, y por ende, debe ser tomada en cuenta sin limitaciones. En este sentido, lo mejor es reaccionar con calma ante las demostraciones emocionales de los hijos, reconociendo la emoción como válida e importante.

Cuando el niño se da cuenta que sus emociones están tomadas en cuenta, será más receptivo ante propuestas de manejo por parte de los padres. Incluso, muchos niños se calman solo por sentir que su emoción es validada.

  1. Apoyo en la identificación y expresión de lo que siente

Para poder identificar lo que siente es importante que el niño o la niña aprende a distinguir entre diferentes emociones; que aprende a reconocerlas y a llamarlas por su nombre (miedo, rabia, tristeza, alegría, etc.). Para ello, en un momento de alteración (o cuando ya se ha calmado nuevamente) le podemos ayudar a encontrar palabras para describir su estado emocional: “Lo que sientes es rabia” o “¿estás triste, verdad?” o “¿te dio un poco de miedo, cierto?”.

También podemos explicarles a nuestros hijos nuestras propias emociones: “Hijo/a, ahora estoy un poco triste” o “ahora me siento frustrada”. De esta manera, aprende que todos sentimos diferentes emociones y le enseñamos con nuestro ejemplo la forma cómo expresarlo. Así, poco a poco aprenderá a identificar cada emoción y con el tiempo se le facilitará más su identificación en un momento de carga emocional.

Con la identificación se dará también la expresión; para incentivar la expresión es importante fomentar una buena comunicación con el niño o la niña; podemos preguntarle qué pasó, reflejar sus emociones (“¿eso te hizo sentir triste?”) sin imponérsela y, lo más importante, tomarnos el tiempo para escucharlo con calma e interés. Para esto, se pueden establecer rutinas y espacios de conversación, como el momento antes de dormir o cuando llega del colegio durante el almuerzo.

  1. Ofrecer opciones de regulación emocional

Por último, se le enseña al niño cómo regular sus emociones. Es posible que la aceptación y la expresión ya lo llevan a tranquilizarse sin hacer nada más. En caso que necesite un poco más de apoyo para llegar a la calma se le pueden ofrecer diferentes estrategias dependiendo de la situación: a) buscar una solución al problema que tenga (“si te da miedo la oscuridad podríamos poner una luz en tu cuarto”), b) ofrecer formas de expresión diferentes a la verbal (pegar a un cojín, gritar en un cojín o correr un momento afuera), c) dar una interpretación de la situación que no afecte su integridad (“Hijo, te llevo de la mano en la calle no porque piense que tú no puedes caminar solo, sé que puedes caminar solo, pero los carros a veces van muy rápidos y no tienen cuidado, y eso puede ser muy peligroso”).

La observación como herramienta para los padres

Un ejercicio interesante es la observación del niño para identificar situaciones que lo alteran. Como ya se mencionó anteriormente, muchas veces los berrinches o rabietas se dan en situaciones que compartan ciertas condiciones. Una de estas situaciones puede ser por ejemplo la rutina de la noche; puede ser que estas rutinas establecidas por los padres (comer, ponerse la pijama, cepillarse los dientes, lavarse la cara, acostarse) llevan al niño a sentirse dominado de afuera lo cual choca con su deseo de autonomía. En estos momentos, podemos intentar darle opciones dentro de lo que tiene que hacer, por ejemplo “¿quieres primero bañarte o primero desayunar?”, eso le permitirá al niño un margen de autonomía para decidir sobre su propia rutina.

En otra situación, la rabia puede aparecer porque no tenemos tiempo para escucharlo en el momento que necesita ser escuchado; en este caso podemos hablar con él y decirle que queremos escucharlo pero que ahora no es posible. Le podemos ofrecer otro espacio para prestarle toda la atención que necesita (“Hijo/a, ahora no te puedo escuchar pero quiero saber lo que me quieres decir ¿me lo puedes decir cuando estamos en el carro? allí podré escucharte con atención”).

En situaciones donde no hay márgenes para ofrecer opciones, podemos reconocer su deseo y explicarle por qué en este momento no se le puede cumplir: “Hijo/a, sé que tú quieres ponerte el cinturón solo y sé que lo sabes hacer, pero en este momento tenemos prisa y te lo voy a poner rápidamente, pero te prometo que cuando te recoja del colegio dejaré que tú mismo te lo pongas” (obviamente es fundamental que uno como padre cumpla sus promesas). Muchas veces la explicación de una situación ayuda a evitar la alteración en el niño, porque se le muestra que no es por el deseo de dominación que los padres actúan de cierta manera, sino que hay motivos racionales por sus actos.

A veces también vale la pena revisar la rutina familiar para ver si ciertos cambios podrían favorecer un ambiente más tranquilo: si veo que siempre en la mañana se dan situaciones de alteración y pelea por cuestiones de apuro, podría ver si sería mejor levantarse un poco más temprano, o dejar ciertas tareas para la noche anterior.

Un aumento de rabietas o berrinches en una época determinada, nos puede indicar que el niño está viviendo alguna situación estresante o de carga emocional. En este caso, deberíamos indagar cual es esta situación para poder buscarle una solución o darle el apoyo que necesita para vivirla con más tranquilidad. Es importante que los padres tienen presente que cualquier cambio en la casa o en su rutina pueden generar este tipo de irritación en los niños pequeños.

La idea no es evitarle todas las frustraciones, ni frustrarlo más de lo necesario

En ciertos momentos es aconsejable anticipar y evitar la frustración del niño; por ejemplo, cuando tiene mucho cansancio puedo evitar ponerlo en situaciones que le exigen mucha atención ya que no será capaz de concentrarse y esto lo frustrará.

Sin embargo, no siempre los padres pueden evitar la frustración y rabia de sus hijos, ya que la vida en comunidad exige ciertas reglas y limitaciones, que a pesar de explicarlas con mucha paciencia y amor, generan emociones fuertes en él. Por lo tanto, es importante acompañar al niño en estas situaciones y ofrecerle comprensión. No siempre es necesario buscar una solución inmediata para aliviar su frustración; es mejor ayudarle a entender y expresar de manera adecuada lo que siente, y ofrecerle opciones de regularse.

Por último, es muy importante anotar, que como padres nunca seremos capaces de reaccionar exactamente como la teoría nos sugiere, ya que somos seres humanos con emociones igual que nuestros hijos y a veces no logramos regular nuestras propias emociones. Es normal que esto puede pasar, pero en caso de perder el control en una situación se puede reflexionar posteriormente sobre lo que nos alteró de esta manera, y disculparnos con nuestro hijo si vemos que actuamos de una forma injusta. Así, nuestras equivocaciones le enseñarán que nadie es perfecto, y que después de un error la mejor forma de arreglarlo es una disculpa honesta.

  1. Sue Gerhardt (2004). Why love matters: Hoy Affection shapes Baby´s Brain. Routledge Mental Health
  2. Salovey, P.; Mayer, J. D. (1990). Emotional intelligence. Imagination, Cognition, and Personality, 9, 185-211